Sucedió. Lo vi. Estaba en medio del abarrotado bar. Justo en medio. Ni intentando buscar ese centro lo hubiera encontrado mejor. Estaba esperando a alguien, seguro; su mirada buscaba y buscaba en cientos de direcciones. Sus ojos recorrían cuerpos, pasos, pieles, gafas... Estaba ansioso, esperando a que llegase su cita. Yo, desde la entrada del local, no podía dejar de mirarlo.
Había algo en su espera que me llamaba poderosa y fuertemente la atención. Tenía algo tan extraño en la forma de esperar (cómo colocaba las piernas, cómo bajaba la mirada, cómo se movía) que había despertado en mí un sentimiento nuevo, creativo. Quizá estaba resultando todo aquello demasiado épico, ¿no?
Allí, yo, con tacones, a las tantas de la mañana, me sentía como una yonki con esa inyección extraña a un milímetro de perforar mi delicada y pálida piel. Era como el efecto secundario de ese medicamento previo al éxtasis.
2 comentarios:
Èpicament bó.
Y en ese bar, ¿había música?
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